Mi hijo no me hace caso

Escrito por pensament

Publicado el 12/08/2026

Muchos padres cuentan en consulta que sienten que sus hijos no les hacen caso. Les piden que recojan los juguetes, que apaguen la televisión o que se laven los dientes y, en muchas ocasiones, tienen que repetir la misma indicación varias veces hasta que finalmente terminan gritando o enfadándose. Es una situación muy frecuente durante la infancia y puede resultar frustrante para las familias.

Durante las etapas preescolar y escolar, los niños están desarrollando habilidades tan importantes como el autocontrol, la tolerancia a la frustración y la capacidad para seguir normas. Todo este aprendizaje requiere tiempo, práctica y mucha paciencia por parte de los adultos. Además, algunos niños/as, por su temperamento, son más impulsivos, necesitan poner a prueba los límites o presentan mayores dificultades para controlar sus emociones, lo que hace que obedecer les resulte todavía más complicado.

¿Qué puedo hacer?

Esta conducta puede mejorar si los padres aplican unas pautas educativas de forma constante y coherente. En primer lugar, es importante que naturalicéis esta etapa. Es habitual que los niños cuestionen algunas normas, negocien o intenten retrasar aquello que no les apetece hacer. Esto forma parte de su desarrollo y no significa que quieran desafiar constantemente a sus padres. Lo importante es enseñarles cómo actuar de una forma más adecuada.

Otro aspecto fundamental es cuidar la manera en la que damos las instrucciones. Muchas veces hablamos mientras el niño está jugando, viendo la televisión o distraído con otra actividad. Antes de pedirle algo, acercaos a él/ella, llamad su atención, miradle a los ojos y aseguraos de que os está escuchando. Después, utilizad instrucciones claras, concretas y breves. En lugar de decir: “Compórtate bien”, resulta mucho más útil decir: “Guarda los bloques en la caja, por favor”.

También conviene evitar dar demasiadas órdenes seguidas. Si encadenamos varias instrucciones como “recoge la habitación, ponte el pijama, lávate los dientes y prepara la mochila”, es probable que el niño se sienta saturado y no sepa por dónde empezar. Es preferible dar una única indicación y esperar a que la complete antes de pasar a la siguiente.

Otro aspecto importante es conseguir que las normas sean consistentes. Si hoy permitimos algo y mañana lo prohibimos, el niño recibirá un mensaje confuso. Todos los adultos que participan en su educación deberían intentar mantener criterios similares para que el niño/a sepa qué se espera de él o ella en cada situación.

Cuando el niño colabore, aunque sea en pequeños pasos, es importante reconocer su esfuerzo. A menudo prestamos mucha atención cuando desobedece, pero apenas comentamos cuando hace las cosas bien. Frases como “Gracias por recoger tus juguetes tan rápido”, “Me ha gustado mucho cómo has colaborado” o “Estoy muy orgulloso de cómo lo has hecho” aumentan la probabilidad de que esa conducta vuelva a repetirse.

También hay que saber aplicar consecuencias negativas. Éstas deben estar relacionadas con la conducta y aplicarse de forma inmediata y proporcionada. El objetivo no es castigar, sino enseñar. Por ejemplo, si no recoge un juego antes de sacar otro, ese juego puede guardarse durante un tiempo hasta que aprenda a responsabilizarse de él.

Es recomendable enseñar con el ejemplo. Cuando un adulto eleva el tono de voz y el niño responde desafiando, ambos acaban atrapados en una discusión. En estos momentos, mantener la calma suele ser mucho más eficaz que insistir una y otra vez o recurrir a los gritos. Recordad que los niños aprenden más de nuestro ejemplo que de nuestras palabras.

Por último, no olvidéis dedicar cada día un tiempo exclusivo para compartir una actividad agradable con vuestro hijo. Jugar, hablar o leer juntos fortalece el vínculo afectivo y facilita que los niños/as se muestren más receptivos cuando posteriormente sea necesario poner límites.

Habrá días en los que parezca que todo mejora y otros en los que se vuelva a las dificultades iniciales. Esto forma parte del proceso. Lo importante es mantener las pautas con calma, ser constantes y recordar que educar no consiste en conseguir una obediencia inmediata, sino en enseñar poco a poco habilidades que acompañarán a vuestros hijos durante toda la vida.

Si, a pesar de aplicar estas recomendaciones de forma continuada, las conductas desafiantes son muy intensas, aparecen en diferentes contextos o generan un importante malestar en la familia, puede ser recomendable consultar con un profesional de la psicología infantil para valorar la situación de manera individualizada y ofrecer las estrategias más adecuadas para vuestro caso.